domingo, 11 de julio de 2010

Abismarse

En la panza del cielo está enredada una nube de luz que sobre la primera piel de lo que se contempla me guía. Me abisma a través de los ojos que le nacen al aire. Pez abisal que ando entre el concreto y los bajos fondos de la tierra. No hay más profundidad que donde los hombres y mujeres juegan a entregarse a deshacerse a amarse. Primitivos y tontos. Deshacen el amor al llamarlo cuerpo. Nunca a tan vana entrega se le dio sitio tan principal. Es más fácil que los que no aman como aman los hombres cotidianos entren al reino de las luces. Se iluminen en un lento apareamiento con la nada, con el nadie. Cíclopes que vagan enterrando los ojos bajo el visor de los que nada ven y sin embargo creen que han salido de las cavernas de Platón. Con una flecha en el ojo que debería ver caminan y no saben si entregarse a los días a las horas. En dónde se mete el tiempo. Quién oculta al silencio. Por qué tantos gritos asesinatos colores banderas y formas. Por qué nadie se calla y se queda quieto contemplando al viento. Ese ya no querer ser nadie, diría Ory. Hay quienes nos acostumbramos a llevar bajo el brazo a la vida como se lleva el pan en Francia. Y la andamos mostrando porque sabemos que son pinturas que nadie comprará. Van Gogh nos lo hizo ver. A la gente le gusta adquirir las vidas cuando ya no existen. Es más fácil. Puesto que no podrían afirmarse y ser sin ser como esas grandes vidas que a pesar de ser tan gigantes caben en un trozo de papel en una biografía o en una foto. Con sus dineros pagan la adquisición de vidas de artistas genios científicos. Mejor muertos. Porque vivos les llenarían el cuerpo con sus inquietudes convirtiéndolos en San Sebastián. Ellos compran la parte de vida que les gusta, sólo y únicamente ésa. Errantes y Herrados Herrajiados Encorajinados Destemplados o simplemente Tristes seguimos con nuestros papiros en pleno siglo XXI mostrando a los ojos de los otros nuestros ojos que se multiplican bajo el brazo de la vida. Y allí de brazo en brazo nos vamos abrazando hasta llegar al cielo y contemplar cómo Dios dobla a la Tierra, al Universo como un pequeño papiro, se lo echa al hombro como El Loco del Tarot y camina hasta volverlo a desdoblar sin saber a cuántos dejó atrás. Y los hombres y las mujeres y los perros y las jaurías se repliegan y estiran, se acomodan se abandonan se unen se aman se desperdician. Desperdician la mirada, la calle, el silencio, la boca que ha nacido para besar y ser besada. Los brazos que agotados cada vez se van haciendo más estrechos, se van desbaratando de mirada en mirada de año en año de golpe en machete de horas que los aíslan. Me desnudo y me beso y beso cada pedazo de la piel que me mutila, abrazo a cada brazo que le nace al cuerpo que tenga enfrente. Y ando enseñando mi vida como quien no sabe que no se deben enseñar los calzones. Non serviam a las leyes de los hombres ni de las mujeres a las leyes del arte ni de la sociedad. No he de servirle a nada ni a nadie que no sepa abisarse. Abismarse. Abrazarse. Besar. Pegar la boca contra la corteza de todos los árboles abrir los labios y acariciar al aire, dejar que toda la lluvia que le sea posible le entre por los dientes le perfore el intestino y le bese cada parte interna. Caminar entre las mesas sentarse en los cuchillos y cortar un pedazo de su carne para cocinarle al Triste, al Abisal, al Abismado, a la que se reniega y se arranca los cabellos sin hacerse injertos ni aportarle dinero a los cirujanos. A la que no le importa gritar o quedarse callada cuando todos dicen callen o griten. Han destazado de tal forma a la Tierra que no sé cómo aún creen que sus leyes y sus preceptos sociales artísticos culturales funcionan. Hay una flor extraña, una comida rara, un árbol que no conozco, unos ojos que no he mirado, una boca que no he besado. Hay tantos caminos para caminarse para andarse desandarse encaramarse. Razón de más para seguir. Para mirarme en esa nube y desde allí mirarlos.

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